VIVIR EN EL REFUGIO: UN DÍA CON QUIENES ESTÁN LUCHANDO CONTRA LA PRECARIEDAD

El río Paraguay registra una de las mayores crecidas de su historia y desplazó a unas 65 mil familias en todo el país. Una parte de la realidad de los refugiados que viven día a día superando los conflictos internos propios y el prejuicio que desde afuera, soñando con una solución definitiva.

Sandra Alfonso busca una carpa negra que le sirva para usar como un improvisado techo para la gente que acudirá al velorio. Dos vecinos, mientras, montan una estructura de madera que pueda sostener la carpa. Es un miércoles lluvioso y en el corazón del refugio del Regimiento de Infantería 14 (RI 14), unos pocos vecinos esperan el cuerpo de Faustina Martínez. Falleció como consecuencia de un cáncer galopante. Tenía 55 años.

Uno de los hijos de Faustina no está de acuerdo con esta idea. Está enojado y visiblemente alterado. Después de discutir con todos en el lugar, finalmente accede. Pero antes le tuvieron que amenazar con la presencia de los militares del regimiento. El cuerpo de Faustina, tapada con una sábana amarillenta, llega cerca de las 11:00 en una ambulancia. La bajan en una camilla, ya que su familia no tenía para comprar un cajón fúnebre. Horas después se consigue el féretro gracias a una organización que trabaja en el refugio.

“Acá es así, tenemos que ayudarnos entre todos en lo que podemos y como podemos. Tratar de apaciguar cuando hay estos episodios. Es nuestro día a día”, dice Sandra Alfonso, la coordinadora de este sector del refugio.

Un joven disfruta de su tereré sin hielo y escucha música. Parece estar muy ajeno al drama que se tiene de este lado del pasillo. Unos metros más adelante otra vecina, con la camiseta de la selección paraguaya puesta, prepara su comida al brasero. Un perro blanco, carcomido por la sarna, busca comida en los restos de basura que se junta entre las casas.

El día a día en este refugio que alberga a unas 600 familias implica una serie de cuestiones, desde lo urgente hasta lo básico, sin dejar de mencionar lo necesario: Una verdadera política de Estado para ponerle fin a esta situación.

LA NIÑEZ, A PESAR DE LOS PESARES

Si bien el hacinamiento es un problema, hay otros lugares en peores condiciones porque cada vez llegan más familias. Cuando llueve, como este miércoles, se forman grandes charcos y el barro es el denominador común en toda la zona. También el desagüe de los baños móviles resulta algo necesario que se tiene que hacer casi a diario.

Quienes no le hacen drama al barro ni a los baños son los niños y niñas. Un grupo de ellos juega al trompo, un juego que parecía ya haberse extinguido, pero encuentra en estos tres pequeños la manera de ser un entretenimiento importante.

Del otro lado, un par de niños y niñas corren jugando al tuka’ê kañy entre las casas y los baños químicos que se colocan cada 15 o 20 metros, calculándose uno por cada 5 casitas, más o menos. Los más pequeños encuentran la manera alegre y divertida, desde la inocencia, de sobrellevar la difícil situación que les toca vivir.

Para los adultos, sin embargo, la cuestión es encontrar la manera de pasar el día con la alimentación, los gastos y de pelear por sacarse encima el rótulo de ser un “refugiado”. Una parte importante de los padres de familia se dedica a la venta callejera, a la recolección de objetos o al reciclaje. Esta gente va por el sustento familiar de acuerdo a lo que encuentran en sus recorridos diarios. Es la subsistencia diaria.

Hay otro grupo que sí tiene un empleo y depende de un sueldo mensual. A esta gente se le permite, por ejemplo, tener una libreta en las despensas que se abrieron dentro del refugio. El pago es por lo general algo seguro, por lo tanto, la libreta sirve y salva por estos lares.

La escuela se volvió también una cuestión que tiene sus complicaciones en estas condiciones. Si bien no quedan lejos de los refugios, hay instituciones educativas que tuvieron que cerrar sus puertas e ir a lugares más altos por culpa del agua. Es el caso, por ejemplo, de la escuela Sotero Colmán del bañado Tacumbú, que tuvo que cerrar por la inundación. Se instaló de manera provisoria en la zona del Club Puerto Sajonia.

Con la histórica subida del río Paraguay, la situación de los desplazados derivó en algo sin precedentes en las últimas décadas en Asunción: casi 15.000 familias fueron desplazadas de diferentes barrios ribereños (Bañado, Tacumbú, Sajonia, Chacarita) según datos de la municipalidad local. Esto hizo que los 118 albergues o refugios transitorios habilitados queden, en muchos casos, colapsados por tanta gente.

En todo el país, la cuestión es más complicada. Según datos de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), hay unas 65.000 familias afectadas por las aguas en 14 de los 17 departamentos que tiene el país. Se trata de una de las peores situaciones que registra el Paraguay en su historia reciente.

LAS MUJERES MANDAN

En RI 14, el liderazgo tiene voz femenina. Los siete sectores del refugio tienen coordinadoras y vicecoordinadoras. Ellas llevan la difícil misión de atender lo que pasa en cada sector, agruparlos, trabajar para buscar soluciones comunitarias así como también soluciones individuales.

Tal es el caso de la familia de Faustina Martínez, cuyo cuerpo llegó sin cajón, pero gracias a las gestiones de las coordinadoras se pudo conseguir un cajón fúnebre. Este tipo de situaciones son constantes en esta comunidad.

“Es una lucha constante por todo lo que implica. Por lo menos, el tema de seguridad es tranquilo. Acá tenemos un trato con los militares y los pobladores saben que no se jode”, dice Lidia Pereira, una de las coordinadoras del sector.

El refugio de RI 14 se habilitó en noviembre del 2018 cuando unas pocas familias empezaron a ser ubicadas. Son las mismas que generalmente, cada año, hacen este periplo de abandonar sus casas que quedan bajo agua en cierta época del año y van a los sitios alternativos de albergue.

Sin embargo, esta vuelta, la situación se volvió dramática, principalmente por la subida imparable del río, que obligó a movilizarse a gente de otros barrios que nunca antes tuvo que abandonar sus casas. Quienes están en este refugio empezaron a llegar desde mediados de marzo. Muchos están por primera vez en una situación así y aguardan con esperanza que esto pase rápido.

Lo que no pasa, al menos con la frecuencia suficiente por este refugio, es el recolector de basura. Por la cantidad de personas, estos albergues generan miles de residuos en forma diaria que deben retirarse. Si bien todos los días llega hasta el lugar el camión recolector, la realidad es que no lleva toda la basura generada. Hay montículos que se pueden ver en algunas esquinas, en los pasillos. Los niños y niñas juegan con estos restos.

Como todo lugar hacinado, los conflictos internos y la violencia están presentes. Pero la presencia de los militares rondando siempre el lugar, ya que se trata de un predio militar, hace que el trabajo de las propias coordinadoras se desarrolle en un ambiente más favorable para ellas.

Para Sandra Alfonso, lo difícil es generalmente hacer que los vecinos se ayuden entre todos, pero dice que, cuando hay una situación difícil, la gente entiende que es el momento de mostrarse solidaria. Sandra es consciente además del prejuicio que se tiene con respecto a las familias que viven en los refugios y dice que mucha gente no se pone en el lugar de los que están aquí para imaginarse al menos, sentir lo que se siente estar bajo estas carpas y amontonados.

“Mucha gente dice que aquí la gente quiere vivir así y eso no es verdad. Nosotros lo que siempre pedimos es una solución final a nuestro problema, para la gente que viene cada tanto. Pero ahora tenés gente que nunca tuvo que ir a los albergues y, sin embargo, hoy está acá también. Entonces, se trata de un problema más amplio, más grande”, expone Sandra.

Pero no solamente en la organización de los sectores las mujeres tienen aquí preponderancia. Gloria Alfonso y Eugenia Denis son dos trabajadoras de la Unidad de Salud Familiar (USF) que todos los días, planillas y bolígrafos a cuestas, recorren este refugio para tener datos actualizados de la situación de salud de los habitantes del RI 14.

CUIDAR A LOS QUE NECESITAN

“Ahora una cuestión que está afectando a muchos niños y niñas de los refugios es la cantidad de conjuntivitis que hay. Esto es, obviamente, por el ambiente que se tiene acá, de mucha suciedad, contaminación. Por supuesto que no es lo ideal, pero es como están”, explica la mujer.

“Tenemos muchos casos también de vómitos y diarreas, que también se da por las condiciones en las viven estas personas”, añade Denis.

Alfonso y Denis recorren desde hace tiempo en estos asentamientos provisorios. Conocen el manejo de la gente, las inquietudes y los problemas. Ambas son categóricas al afirmar que es imposible pensar en que no se desarrollen enfermedades en estas condiciones, ya que son lugares en donde las personas viven sin ningún tipo de elementos sanitarios, higiénicos o de control que pueda ayudarlos a tener una mejor calidad de vida.

“Muchas veces no tenemos médicos en la USF y entonces tenemos que ver la forma de trasladar al paciente al hospital más cercano”, dice Gloria Alfonso.

Los reportes diarios que hacen las profesionales son entregados al sistema de salud de la USF para así tener un reporte real de la situación. Estos informes se cruzan con los datos que maneja la Municipalidad de Asunción para tener una base de datos que sea la más actualizada posible.

El último informe de la municipalidad local indica, en ese sentido, que en los 118 refugios habilitados viven alrededor de 13.500 menores de 14 años y 778 mujeres embarazadas. Además, hay 1.000 adultos mayores y 1.100 personas con alguna discapacidad viviendo en estos albergues transitorios.

No pueden ser contabilizados, pero los mosquitos son alto motivo de preocupación para los habitantes de este refugio, ya que al caer la tarde se vuelven insoportables.
“Lo que podrían también vernos es el tema de la fumigación. Acá hay demasiados mosquitos y más que nada por los niños. Necesitamos que el Senepa haga eso, por lo menos una vez al día en las tardes”, dice Juan Carlos Vega, un poblador del Bañado que hace un mes llegó al refugio porque en su barrio ya todo quedó bajo agua.

Vega dice que el tema de la basura y de la fumigación son los dos únicos puntos que se pueden mencionar como algo a mejorar, pero que dentro de todo están bien. “Se vive como se puede, hermano. Pero dentro de lo que estamos pasando, estamos bien. Las casitas son buenas, nos llegan provistas, se trata de vivir en la normalidad”, dice Vega.

Hablar de normalidad parece no tener sentido en un refugio de 600 familias hacinadas y con el miedo de no saber si hay un proyecto definitivo para ellos.

A Faustina Martínez la están velando en su pequeña casa de madera y la carpa que armaron sus vecinos del refugio se mantuvo, a pesar de la protesta de uno de sus hijos, que sigue insultando desde el otro pasillo.

Unas vecinas se ponen de luto y se acercan para dar el pésame. Dos niños descalzos detienen su marcha y miran lo que ocurre. Una liviana lluvia acompaña los gritos y llantos de la familia.

Gloria Alfonso, mientras observa la escena y se prepara para seguir con sus anotaciones para la USF, dice: “Esto no es vida. Esto no es vivir para nadie”. fuente DIARIO HOY


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