DEJÓ LAS TIJERAS PARA REPARAR FAROS DE AUTOS

La sala del taller con las paredes manchadas de pintura y aceite, nos hablan ya de lo movido que es un día de trabajo Lozenir Kich. En los muros, varios faros de autos de diversos colores y formas, cuelgan ya terminados o esperando su turno para ser atendidos. Sobre una mesa larga de madera, Lozenir trabaja justamente reparando una de estas lumbreras.

Desde hace 7 años Lozenir es la encargada de reparar faros rotos en el taller donde trabaja. La ropa manchada de guapeza y unas gotas de sudor que marcaban su frente demostraban sacrificio acompañado de agilidad para arreglar lo que venga.

Anteriormente, y durante casi 15 años, trabajó como peluquera. Pero decidió dejar de lado esa labor, ya que no le daba muchos ingresos y como era la cabeza de la familia, debía conseguir un mejor capital monetario.

“Como 15 años trabajé siendo peluquera, después me dejé de eso y con una platita ahorrada que tenía me compré un auto para empezar a vender ropas. Un día que vine acá para arreglar algo, me amigué con los muchachos del taller y también con el dueño, hasta que ya veía cómo reparaban los faros. Él me invitó a venir, me enseñó todo y acá estoy”, decía la kuñakarai, quien con 40 años es prácticamente la única en el rubro de la acrilería, como se llama su labor.

Con una sonrisa en el rostro, mientras marcaba la parte que debía cortar, contó que cuando es necesario más mano de obra en el sector de chapería, ella sin ningún problema también empieza a lijar los autos, para poder colocarle nueva pintura. “Me apasiona el trabajo de los faros, cuando empezaba recién me costaba mucho porque no es nada fácil, pero ahora hago rapidísimo, hasta cuando falta mano para la chapería me voy a ayudarle a los muchachos”, decía Lozenir, quien está orgullosa de su labor diaria.

Un cliente la menospreció solo porque es una mujer

En sus inicios ella tenía que atender a algún que otro cliente, dentro de todos los que llegaban al lugar, muchos quedaban sorprendidos mientras que otros prácticamente la rechazaban, por el simple hecho de ser mujer.

“Una vez vino un cliente, salí para atenderle y me dijo que no quería que yo le atienda, que quiera hablar con un hombre porque seguro yo no entiendo de las cosas. Le dije que yo hacía ese trabajo y luego de terminarle, quedó satisfecho. Son cosas que una debe pasar, pero lo importante es superarse y no dejarse llevar por tipo de acciones”, decía la kuña guapa.

Es brasileña, pero habla el guaraní como una paraguaya

Lozenir se había enamorado de un paraguayo hace años atrás, hombre de quien ahora está separada, pero su amor por el país que la adoptó cada día crece más. Incluso cuando va de visita a su país natal, Brasil, extraña las comidas tradicionales del Paraguay.

“Yo no sabía hablar ni castellano cuando llegué recién, encima acá todos hablaban castellano y guaraní. Con el paso del tiempo aprendí y ahora el guaraní es el que más uso. Mis hijos que son paraguayos, saben del portugués pero manejan también el lenguaje del país”, he’i Lozenir quien ama Paraguay.

1995

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